La zorra consentida

La zorra consentida. Así la llamaba Andrés porque decía que para follar era muy zorra, que le gustaba hacerlo en todas partes y en todas las posturas. Y porque después de soltar un gran orgasmo, le pedía a Andrés le comprara helado de fresa, chocolate blanco o galletas. Y si Andrés no lo hacía en ese mismo momento, la zorra consentida cerraba sus piernas por tres o cuatro días, y nada, ni siquiera los besos tiernos en el cuello podían convencerla de abrirlas otra vez.

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Aunque Andrés y yo nos llevamos apenas tres años, él nunca me cuenta sus cosas, si sé que a la zorra consentida le gusta que le azoten el culo, que no tiene las tetas tan grandes como su amiga Raquel y que no se deja sin condón, es sólo porque afino la oreja cuando Andrés habla con sus amigos.

La zorra consentida llevaba dos semanas yendo a dormir a casa sin que mis padres y yo pudiéramos verla jamás. Andrés la metía en su cuarto cuando todos dormíamos y la sacaba antes de que nos despertáramos. Pero a diferencia de mis padres, que nunca se enteran de nada, yo sentía la presencia de la zorra consentida igual que cuando presiento que va a llover.

Andrés se esforzaba en no levantar sospechas, pero la zorra consentida, como en los cuentos, soltaba migajas de pan para que alguien pudiera rastrear su presencia en nuestra casa, se dejaba un tampón en la basura del baño, ordenaba mis cremas de una forma diferente, poniendo la hidratante antes del desmaquillante y siempre dejaba el tubo de la pasta de dientes abierto.

Al principio su desorden me hacía doler la mandíbula, como me pasa cuando tengo mucha rabia. Pero después pensé que a lo mejor la muy zorra sólo quería comunicarse conmigo.

Cuando sabía que estaba con la regla, le dejaba un tampón en el baño y un paracetamol. También le escondía una fresa, o una onza de chocolate detrás de mi desmaquillante. Al cuarto día de dejarle regalos, me encontré con sus labios grandes y rojos tatuados en el espejo.

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Apoyé mi sonrisa nerviosa en sus labios de zorra consentida. Era un martes, a las 2.40 de la mañana. Lo recuerdo muy bien porque fue el día en que me enamoré de la chica de mi hermano.

Los regalos que dejé los días siguientes no causaron efecto. Así que como lo mío era amor de verdad, fui directa al grano.
La esperé muchas horas, y como estaba la luz apagada, el sueño me venció y me dormí con la cabeza apoyada en el borde de la tina. A las 4.10 entró al baño y encendió la luz. Dio un gritito cuando me vio tumbada y medio dormida, pero Andrés no la escuchó.

―Te estaba esperando ―le dije.
―¿Qué es lo que quieres? ―me contestó después de cerrar la puerta. Sólo llevaba puestas las bragas. Me sorprendió su cara de niña extraviada en un parque.
―No tienes cara de zorra.
―¿De zorra? ¿Pero qué dices?
―Como ésas que salen en las revistas que esconde mi hermano.
―¿Y hoy no hay regalos? ―me preguntó decepcionada, después de dar un vistazo detrás de mis cremas.
―No respondes a los regalos, ya no tenía sentido que los dejara.
―Claro que respondo. Pero en mi imaginación ―me dijo con una sonrisa rara, bajando la mirada y subiendo los labios hasta su límite.
―¿Y qué es lo que hay en tu imaginación?―le dije imitándole la sonrisa.
―Hay una chica muy mona que me besa los pezones

Se los besé sin tocarla más que con mi boca. Le pasé la lengua. No sabía a nada, pero mis pies y mis talones vibraron como si hubieran despertado de un coma. Tenía pies nuevos, piel nueva.

La zorra consentida me chupó un dedo y luego me lo metió entre las piernas, hasta el fondo, sin dificultad.
―Parece que no soy la única zorra en esta casa ―me dijo mientras me mordía la oreja.

No escuché cuando Andrés tocó la puerta porque mi respiración era tan intensa que me salía por la boca y por las orejas.
―¿Por qué tardas tanto? Sal de una vez del baño, que seguro que mis padres o la niñata de mi hermana se van a levantar ―susurró.

Me escondí en la tina. La zorra consentida me dio un beso en la boca y salió apagando la luz.

Dos noches más la esperé sentada en el suelo del baño con los ojos tan abiertos en la oscuridad que ni siquiera podía pestañear.

A la tercera me quedé dormida y me despertó el grito de una boca que no era la que yo me quería comer.

―Andrés, hay un cadáver en el suelo de tu baño ―dijo una chica rubia de tetas rotundas.
―Joder con la niñata ésta. ¿Por qué no te vas a la cama, rarita, no ves que asustas a mi novia?
―¿Quién es ésta? ¿Dónde está la otra? ―le pregunté aturdida por la rabia y por la luz que me impedía abrir por completo los ojos.
―¿Qué otra?
―La consentida. Mi zorra consentida
―¿Qué dice, Andrés? ¿Tienes otra chica? ―las tetas de la rubia parecían enfadadas.
Andrés se quedó un rato inmóvil. Como cuando éramos niños y jugábamos a las estatuas. Después le crecieron los ojos y las palabras le salieron de la boca como una bola de fuego, como si le quemaran la garganta.
―No le hagas caso a esta niñata, si es que es estúpida. Vete a la cama y deja a mi novia en paz.

Me fui a mi cuarto y me acosté con las mandíbulas más inflamadas que nunca. Y antes de cerrar los ojos, mis palabras salieron potentes y analgésicas para mi dolor:
―¡Mamá, papá, despertad! ¡Andrés está con una chica desnuda en casa!

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