«PLACER EN PALABRAS» – ERA SU FANTASÍA

Palabras, pensamientos y una voz era lo único que conocía de ella.Su último y escueto mensaje me convocaba en habitación de un hotel.

Era una locura.

El día y la hora pactada, frente a la puerta de la habitación “Love Story” del hotel le envié un mensaje:

LA PUERTA ESTÁ CERRADA.

Apenas unos segundos después, sonó el mecanismo de apertura de la puerta, que se entreabrió unos centímetros, otra puerta dentro se cerró.

Empujé suavemente. Dentro, la oscuridad era absoluta. Ella estaba dentro, escondida en alguna parte.

Tal y como me había dicho por teléfono, muchas veces, así sería nuestra única vez: dos desconocidas en una habitación sin luz, sin palabras, los sentidos afinados y afilados.

Empujé la puerta, la claridad del pasillo se coló en la habitación. Pude ver el perfil de una cama grande con un límpido edredón blanco que reflejaba la escasa luz.

Entré y cerré la puerta sin girarme. Me quedé a oscuras sin saber qué hacer, nerviosa y asustada.

Una mano me acarició el cuello, di un salto, un instante después su boca me siseaba en el oído «Ssssss…» Era el pacto, sin palabras; ninguna.

Me giré, su mano aún en mi cuello. Su respiración era agitada, su aliento caliente golpeaba en mi mejilla, su piel olía a limpio.

Posé mi manos en sus caderas, note su piel, suave y cálida, la atraje hacia mí, acoplando mi cuerpo al suyo, resbalé mi cara junto a la suya; la abracé.

Ella temblaba.

Mis dedos eran diez ojos recorriendo su cuerpo voluptuoso y desnudo.

Mi sexo palpitó, mis nervios se calmaron.

Las presillas de mi blusa fueron desabotonadas con delicadeza, me fue desnudando despacio, recreándose en cada prenda que iba cayendo al suelo, rozándome cada nueva parte de piel que quedaba al descubierto, hasta que las dos estuvimos completamente desnudas.

Notaba sus pechos contra mis pechos, su sexo restregándose contra el mío, lo adivinaba sedoso, con mucho vello, me moría por tocarlo.

Notaba sus manos por todo mi cuerpo, tan ansiosas como las mías, besé su cuello, subí las manos hasta su cara y la recorrí con los dedos delicadamente.

Como en un espejo ella me imitó, acarició mi pelo cuando yo enredé mis dedos en una melena que le llegaba a los hombros.

Sus cejas pobladas cubrían unos ojos achinados con unas pestañas que parecieron querer pincharme cuando mis yemas las rozaron a contrapelo.

Su boca, de labios finos, se abrió al paso de mis dedos, que fueron succionados al momento, lamidos por una lengua húmeda y sedosa, no pude resistir más, acerqué mi boca a su boca y mis dedos dejaron paso a mi lengua, ávida de conocer el sabor de esa desconocida que me abrazaba.

Nos lamimos, nos besamos, nos chupamos y en ese baile húmedo llegamos a la cama donde caímos entre besos, deseosas de recorrer otros lugares de nuestros cuerpos.

A horcajadas sobre sus piernas atrapé uno de sus pezones con la boca, mis dos manos apretando sus generosos pechos, gemíamos de placer las dos, sus dedos se clavaban en mi culo mientras su pezón crecía en mi boca y uno de sus muslos frotaba insistente mi sexo.

Con la nariz pegada a su piel y la lengua en zigzag fui bajando por su cuerpo resbalando, saboreando la sal de su piel.

Tenía las caderas anchas y un vientre sedoso, el vello del pubis crecía libre, ella sabía cuánto me gustaba así, sin depilar, se lo había confesado en una de nuestras innumerables conversaciones, restregué la cara, la olí y después la devoré con una necesidad que nunca había sentido antes.

Abrí sus labios con las manos, ella parecía haber dejado de respirar, en silencio absoluto, en oscuridad total, esperando mi siguiente movimiento.

Hundí mi cara en su sexo, tomó aire hasta llenar sus pulmones, olía dulce y estaba empapada de miel deliciosa que empecé lamiendo delicadamente hasta que mi lengua exploradora tocó un lugar que la hizo gemir más fuerte.

Sorbí, lamí, tragué hasta que ella explotó en un orgasmo gutural, profundo, liberador.

La limpié con la sábana y me tendí a su lado, seguía respirando agitadamente, recuperándose, me abrazó fuerte y así me tuvo inmóvil durante un tiempo que se me antojó eterno.

Ansiaba mi premio, quería correrme pronto, sentir que todo mi cuerpo se tensaba hasta el límite para luego liberar toda la tensión en un orgasmo glorioso.

Pareció leerme el pensamiento, y su boca empezó a besarme, eran besos dulces.

Se sentó sobre mí y con las palmas abiertas empezó a acariciar mis hombros, mis pechos, mi abdomen, la lentitud de sus manos era una tortura, aunque ella era pura ternura en ese momento.

Llegó a mi sexo.

Giró su cuerpo y se tumbó sobre mí, su cara rozando mi centro, pasó la lengua dibujando mi pubis, me abrió la piernas, separó mis labios y su lengua fue un bálsamo para mi ansia, su pelo me hacía cosquillas en los muslos, pero todo mi mundo se concentra en el ritmo de su lengua en mi interior.

Estaba a punto de correrme, jadeando al ritmo que ella marcaba, cuando de repente se retiró y me penetró con dos dedos, llenándome por completo, moviéndose dentro, explorando cada pliegue, mientras otro dedo masajeaba mi clítoris, llegué al clímax con un grito que traté de silenciar, no dejó de acariciarme provocándome escalofríos que recorrían toda mi espina dorsal.

Le retiré la mano y la atraje hasta que se puso a mi lado y nos abrazamos de nuevo, ahora el tiempo ya no importaba, ni la oscuridad, ni las palabras, notaba su corazón latir junto al mío, y ese sonido me meció hasta que me quedé dormida.

Cuando me desperté, la luz de la tarde inundaba la habitación, ella había abierto cortinas y ni me había enterado.

La cama revuelta era el único elemento discordante en la pulcra habitación de hotel, frente a la cama un espejo con la palabra “Gracias” escrita en carmín rojo era lo único que quedaba de ella.

Era su fantasía.

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